Juventud divino tesoro dice el refranero popular, pero la verdad es que algo huele a podrido entre los más jóvenes. Día tras día asistimos horrorizados ante el incesante incremento de la violencia juvenil. Se habla de rebajar la edad penal del menor hasta los 12 o 13 años. Los juzgados de menores (si a nuestros abuelos les hubieran dicho que estos hubiera llegado a ser posible nos hubieran mirado con cara de creer que somos unos chiflados) colapsados por la cantidad de asuntos pendientes, pero la realidad es esta.
Botellones por doquier, fracaso escolar, incultura, mala educación...etc etc etc. Y la juventud en la que tantas esperanzas debia tener la sociedad se desmorona. ¿La culpa?, de todos, de la sociedad en general, pero muy especialmente de los politicos, que no han sabido articular alternativoas al autodestructivo ocio de la masa, no escucha la necesidad de los jóvenes, que, para hacerse oir se violentan más y más, no han podido artícular un sistema educativo que premie el esfuerzo y penalice la vagancia. En segundo lugar, los padres. Incapaces de cimentar una relación de autoridad delegan funciones tan esenciales como la educación, el esfuerzo o el respeto, en el resto de la sociedad. Confian que la televisión, llena de mierda, les quite faena, o en el colegio, les enseñen a pedir las cosas "por favor" o sencillamente dar las gracias, cuando entre sus primeras palabras deberían figurar estas palabras.
El futuro que nos espera puede ser aterrador. La juventud no piensa en el futuro, sino en vivir la vida al límite, sin pensar que hay tiempo para todo y que la vida al limite tiende a pasar sus facturas, antes o despues.
Conviene hacerles recordar que el esfuerzo conlleva el gustoso placer del trabajo bien hecho, pero cuando se trata de "echar un copazo" o de estar con los amigos tambien pueden ser exigentes en este sentido. Cuando los esforzados jóvenes que alcanzan grandes metas y grandes estipendios viajan en yate o sencillamente vivan en zonas residenciales de gran nivel es cuando vendrán las envidias y los rencores, avivados por la bifida lengua de las izquierdas.
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